Eucaliptos

Fotografía por Tomás Reyes Ramírez

Fotografía por Tomás Reyes Ramírez.

He escuchado a mucha gente maldecir a los eucaliptos. Culparlos de acidificar el suelo y provocar sequías. De quitarle territorio a la flora y fauna nativa. Por lo general la gente que responsabiliza a los eucaliptos de todo esto no hace nada por llamar a la lluvias ni humedecer el ambiente ni por compartir con la flora y fauna nativa ni por protegerla.

Son gente que, casi como toda la gente, cada vez que hace pis o caca tira litros de agua por el desagüe; que se ducha con agua caliente en cubículos; que usa vajillas y cubiertos para comer y que los lava con detergente cada vez. Que más de alguna vez ha comprado agua en botellas. Y puede que hasta incluso tema por su salud ante la posibilidad de beber agua de río o vertientes salvajes. Gente que tiene algún conocido al que le fue bien trabajando en la minería. Que tiene otro al que no le fue tan bien de temporero. Pero si es por cargarlas con alguien mejor carguémosla contra el eucalipto. Es que empezar a cuestionarnos nuestra responsabilidad en la minería, los monocultivos agrícolas, la gestión del agua potable, y la relación que guardan con la sequía, requiere más agallas.

Gente que vive en ciudades y disfruta de todas las distracciones que la ciudad ofrece. Ciudades que se territorializan donde andes crecían los bosques y moraban las bestias. Ciudades que acidifican el suelo. Pero los eucaliptos son los culpables de reducir la biodiversidad. No te metas con mi iPod.

Los eucaliptos fueron traídos a Chille para explotarlos. Es decir como esclavos. Al igual que los negros africanos, los eucaliptos llegaron a este continente en condiciones de esclavitud. Al responsabilizarlos de los problemas causados por nuestra forma de relacionarnos con el agua y los seres salvajes de este territorio estamos haciendo lo mismo que el racista que culpa a los afroamericanos de los problemas surgidos a raíz de la iniquidad de su sociedad.

Fotografía por Pedro Guerrero

Fotografía por Pedro Guerrero.

Los comienzos de la explotación del eucalipto en Chile datan de aproximadamente un siglo y están ligados a la explotación del carbón. Pilares para construir túneles. El carbón que suministra un cuarto de la energía primaria consumida por la civilización. El carbón que produce casi la mitad de la energía eléctrica de la civilización. Todos hemos presionado un interruptor para prender las ampolletas, pero la culpa es de los eucaliptos. Luego, las virtudes de su madera expandieron su uso hacia la construcción de vías ferroviarias. ¿Cantaste alguna vez andar en tren es de lo mejor? Y en la actualidad su uso es extendido en la construcción de muebles y viviendas. Papel. Apoyas tus codos, comes, te sientas, sobre los cadáveres de los eucaliptos. Habitas casas construidas con sus cuerpos. Lees. Recibes boletas. Pero son considerados una especie invasora que amenaza la biodiversidad.

Fotografía por Pedro Guerrero.

Alguna vez desde Placilla hasta Laguna Verde, en la región de Valparaíso, hubo una activa explotación forestal de pinos y eucaliptos. Se intentó reducir a estos seres a pura madera. Una fábrica de madera. Visitando Laguna Verde, viendo a los lugareños sin cursos ni napas de agua para beber, comprando agua de camiones, da la impresión de un presente post-apocalíptico. Humanos habitando una fábrica desocupada. Una gran fabrica a la intemperie abandonada. Los esclavos, ahora libres, viven y crecen como mejor pueden, junto a los humanos que intentan sacar partido de la situación.

Pero muchos eucaliptos siguen esclavizados. Y su esclavitud, la industria forestal, acidifica y seca la Tierra. Un poco menos cobarde sería señalar como responsables a los humanos detrás de esta industria. En varias ocasiones los eucaliptos organizan masivos suicidios colectivos. Muertos en vida; alejados de su familia, de sus bosques, sin koalas ni hombres que los amen. Nadie valora las medicinas que regala, las que pueden sanar incluso del veneno de una serpiente. Nadie lo honra haciendo música con su cuerpo, yidakidi (digeridoo), soplando sus hojas como los Bundjalung. Nadie cuenta su historia ancestral, de antes que estallaran los volcanes. Entonces se incendian. Expelen abundantes resinas inflamables. El Sol les dice “Adios, su alma tendrá una mejor vida entre mis llamas”.

Fotografía por Verónica Cataldo.

Fotografía por Verónica Cataldo.

¿Pero cómo hacer? durante un siglo se los ha esclavizado y sus relaciones con la flora nativa han estado bajo control. Sin sus amantes de los bosques australianos -cobertura, hierbas, arbustos, insectos- no hay nadie que disfrute y encuentre el sentido de su vida absorbiendo sus excreciones. Aquí nadie se las traga. Nadie las soporta, al parecer.

Algún pollo de corral picao a güiña, algún esclavo picao a guerrero, argüirá que si tan domesticados pueden ser es porque se lo merecen y que todo esto es un discurso victimizante. Pero en sus millones de años de deriva evolutiva, nunca pensó el eucalipto que los hombres, tan sabios y fuertes antaño, se transformarían en débiles estúpidos acorazados tras máquinas. Inocencia. Les ha llevado un par de siglos entender qué pasaba, un segundo de tu vida humana. Seguro tu sangre lleva mucho más siglos de domesticación. Y están buscando aliados. Y los están encontrando.

¿Cómo hacer? Podríamos empezar por preguntarles a ellos. Al poder de los koalas. A un hombre sabio australiano, karadji. ¿Cómo hacer?.

Fotografia por Verónica Cataldo.

Fotografia por Verónica Cataldo.

Fotografía por Tomas Reyes Ramírez.

Fotografía por Tomas Reyes Ramírez.

 

Ensayo en ISSUU:

 

Texto: Shihâb Alen.

Fotografías: Pedro Guerrero, Tomás Reyes Ramírez, Verónica Cataldo.

Diseño: Navaja.

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