Primer Festival del Bosque Interior

A Yastay  y al Ngenzugun que habita nuestro hogar

A la manada de Arte Insano

Hace ya varias lunas, lejos del alarido de la urbe, en una parcela ubicada a las faldas de los cerros del interior de la V Región, en Villa Alemana, donde antaño -dicen- venían las gentes a cazar guanacos durante las primaveras que seguían a inviernos lluviosos, aquí, donde luego pasó el Qhápaq Ñan costero, Gran Camino del imperio Inka, se realizó el primer Festival del Bosque Interior.

A nosotros, amantes del territorio y sus escondites (ya sea el tímido murmullo del Estero Quilpué que todavia va dibujando caminos floridos por entre las antiguas casas y centros comerciales o la cima de algún cerro olvidado donde los pewkos sobrevuelan atardeceres que caen pesados y ardientes sobre el valle), nos llenó de gracia; como un encuentro lo sentimos y nos parece importante recordarlo.

A plena luz del día nos convocó esa peculiar forma de energía que llamamos música. Más de 10 bandas locales tocaron en un festival completamente autogestionado por una manada de amigos. Entre ellas: Juan Autista, Hambres Trabajando, La gran patudez de siempre, Mr. neño and chokrut, Extraños en el día, Marea, Siberia, Ciruela, Dementes Ruidosa, Maloelacaeza… Unos consiguieron el lugar e ilustraron los afiches, otros empapelaron las calles, reunieron las amplificaciones y montaron el escenario. También hicieron comida y organizaron al costado una pequeña feria, otros cavaron unos hollos para cagar, los envolvieron entre paños y sábanas: el baño jipi más estiloso que se puedan imaginar. Había deliciosa cerveza artesanal, tabaco y marihuana, había baile, habían madres, padres y niños y una maraña de amigos encontrándose, mezclándose por acá, en el interior.

No hubieron discursos por parte de los organizadores pero el festival mismo parecía hablar: era la vibra de la camaradería, de la complicidad. Era la vibra de la música como dialogando de otra forma, con otra intención, con otro paisaje, con otros seres. Algo se tejió ese día y debe ser que el espíritu de la música es poderoso, puede alterar profundamente los movimientos de la conciencia, el Flow de la realidadadá.

¡Lo queremos somos hoy!* Decía la canción una y otra vez y mientras bailábamos el cielo se abría ancho como nosotros ¡Lo queremos somos hoy! Y al ritmo de la percusión los pies se tumbaban contra el suelo removiendo por dentro todos los mañana ¡Lo que queremos somos hoy! El beat electrónico viaja a través del cuerpo de una forma antigua, presente ¡Queremos todo ahora ya! Una brisa corre suave pero sentenciosa como haciéndose testigo de una declaración de guerra, de la Guerra del Tiempo. El Imperio impide que vivamos en sinfonía con la vida. Nos impone el ritmo acelerado, mecánico y artificioso de su miedo, de su ansias de poder y control sobre todo lo vivo. Y vendes tu tiempo para construir las murallas, tu individulidadá, para alimentar la muerte lenta, la ausencia, a esos inórganicos, a tu depredador; haciendo el trámite, esperando el semáforo, contrayendo el pecho, preocupado del reloj, deseando hacer el amor, que corra la publicidad, tu dinero, el cambio. ¿Qué es lo que marca las horas, los días, los años? ¿una aguja, el dinero, la luna? ¡A veces todo sucede tan rápido! ¿siempre fue así? No recordamos bien. La gente que aquí mismo cazaba a los guanacos ¿cómo vivía? ¿cuál era el ritmo de sus días? ¿por qué no podemos recordarlo? Sabemos que las cosas andan mal pero no hay tiempo para cambiarlas… ¡Lo que queremos somos hoy! La energía del sonido modifica el flujo del tiempo, su pulso, el ahora se expande y sentimos danzando, en ese preciso momento, que somos todo lo que somos, que somos lo queremos.

Y es que el Espíritu de la música, el Ngen del sonido (Ngenzugun -llaman algunos- al Espíritu Dueño del sonido, del canto, del habla, de la música que hay en todas las cosas), es un espíritu poderoso capaz de librar batalla en esta guerra así mismo como lo ha hecho tantas veces “Ñi newen tukulpan mew mogeley ta Mapu”  En la energía de la memoria la Tierra vive –canta Chihuailaf**. Hay que recordar que el zugun… el canto, el habla, la música no es algo que le pertenezca únicamente al humano. Ya lo decía ese viejo gran humano Masanobu Fukuoka*** –con ese tono de ermitaño que le caracteriza:

El oído de un niño percibe la música. El murmullo de un arroyo, el sonido del croar de las ranas a la orilla del río, el susurro de las hojas en el bosque, todos estos sonidos naturales son música. Pero cuando una variedad de sonidos molestos penetra y confunde el oído, la apreciación pura y directa del niño degenera. Si se le deja que continúe este camino, el niño será incapaz de sentir la llamada de un pájaro o el sonido del viento como canciones. Esto es por lo que se cree que la instrucción musical es beneficiosa para el desarrollo del niño. El niño que es criado con un oído puro puede no ser capaz de tocar las baladas populares con el violín o el piano, pero no creo que esto tenga nada que ver con la habilidad de oír la verdadera música o cantar. Es cuando el niño tiene el corazón lleno de música que puede decirse que está dotado musicalmente.

No hay solos, ni monólogos. El zugun, el canto, es compartido… una mezcla de voces, un diálogo, un carnaval. La tierra bajo los pies, el aire, los cerros que nos rodeaban, los eucaliptos y espinos, las nubes en el cielo, los zorzales, el calor del sol, todos fueron parte de esa peculiar energía que llamamos música, así sentimos algunos al Festival del Bosque Interior. Algo se tejió ese día, fue la dirección de una mirada, un intento cargado de potencial. Ese potencial que se despliega cuando nosotros, animales humanos, dejamos de mirarnos el ombligo y nos maravillamos con lo que nos posee, con lo que nos rodea. Las expresiones humanas que no están vinculadas de alguna forma a la vida y muerte que los nutre, están fuera del Flow, sólo predican la expansión de los desiertos.

La policía llegó tarde ese día, el Festival se extendió hasta la madrugada. También llegaron tarde las típicas expresiones de miseria que muchos ya estamos cansados de ver. Una verdadera fiesta.

La vitalidad de muchos pueblos vinculados a la tierra se manifiesta a través del espíritu de su música. Y cuando la escuchamos comprendemos cómo experimentan ellos la vida, la alegría y la pena, la fiesta, la guerra, cómo le cantan a los espíritus o a esas fuerzas que tejen la trama -o como quieran llamarle. El espíritu de la música puede alterar el movimiento de los cuerpos y las conciencias ¿cómo sonarán la vida y muerte de nuestro tiempo, en nuestro territorio? ¿cómo la fiesta y la guerra? ¿en qué ritmos y tonalidades?.

Se oyen pululeos que anuncian que pronto, a comienzos de otoño, habrá un nuevo festival y que ésta vez el mar dibujará el paisaje.

Amor y guerra por el goce del ritmo de nuestros días.

*Canción de la banda Extraños en día.

** Poema ‘Aun deseo soñar en este valle’

***En La revolución de una brizna de paja.

.:NO A LA TERMOELÉCTRICA LOS RULOS:.

 

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