Nuestro cuerpo, nuestra Tierra

Movimiento e intuición

Nuestro cuerpo crea nuestra alma, así como nuestra alma crea nuestro cuerpo.

David Spangler

por XIII

Nuestro cuerpo co-crea el espacio con todos los demás cuerpos (plantas, animales y humanos); así como es nuestro cuerpo, es nuestro entorno. En la era de Kali Yuga algunos están cultivando el desierto en su cuerpo y su alrededor; otros cultivando flores, luchando contra la oscuridad, que no es más que la ignorancia: la percepción de la realidad, la vida y el universo en términos binarios, que
separan, que nos parten como individuos en dos, poniendo distancia entre nuestras capacidades y nosotros mismos, lo que ocurre internamente y exteriormente, nosotros y nuestros pares, y los pares del mundo, siendo éste cohabitado por muchos mundos en apariencia incongruentes entre sí, como
en disputa, incomprendidos unos de otros: no hay comunicación, no hay sexualidad entre los opuestos aparentes, ni menos unidad. Todo está dividido, como células de cáncer apartadas de su propio organismo, se refleja en el territorio, en la existencia de los estados que resguardan la soberanía de una identidad amenazada en ser colonizada por otra.

Acabar con la percepción que separa, para ver todo como parte de un gran todo, puede tener infinitos caminos, pero esta vez hablaremos del cuerpo. Una ciencia ancestral que ha estudiado al ser humano y sus vínculos en su vasta complejidad es el yoga. Yoga significa “unión”. Es decir que cada asana, cada kriya, es un lazo con nuestra consciencia, nuestro ser, quienes somos, un vínculo con recuerdos y emociones, nuestra experiencia.

Como bien dice  Christiane Northrup en su libro Cuerpo de mujer, sabiduría de mujer: “Nuestro cuerpo como nuestra alma, está hecho para moverse, estirarse y correr, cultivar”. Y, la misma autora, citando a Brian Swimme, físico y autor de The univers is a green dragon: “Hacer ejercicio en realidad significa poner en movimiento. Cuando hacemos ejercicio, ponemos en movimiento nuestros recuerdos ancestrales. Nuestro cuerpo recuerda que vivíamos con los árboles y bosques. Necesitamos caminar a gatas, trepar y correr si queremos desarrollar nuestras capacidades intelectuales, emocionales y espirituales […] Tendemos a pensar en el ejercicio como una manera de bajar de peso, de quitar grasa. Pero hacer ejercicio es capacitar al cuerpo para recordar su pasado, para que pueda estirarse con toda su capacidad de ser, pensar y reflexionar”.

Cultivar el cuerpo, ser conscientes de él, a través de alguna actividad física como la danza, el yoga (ambos con un gran peso ancestral) o algún deporte nos ayuda a prevenir y soltar bloqueos que a largo plazo pueden generar enfermedad. Poseyendo el yoga ejercicios específicos para cada situación. Y las danzas ancestrales, como la danza del vientre, representando a animales y elementos que componen a Tierra.

No existe diferencia entre lo que pienso, siento y percibo con lo que entiende mi cuerpo, de hecho cada acción se basa en la totalidad de lo que soy. Es más fácil comprenderlo dependiendo de cuanto nos conocemos, cuan capaces somos de percibir y prevenir enfermedades, así como también acontecimientos por venir. Así es, cultivar el cuerpo mejora la intuición. A la intuición, poética y metafóricamente, se la ha descrito (principalmente en tratados hinduistas y yoguis) como la capacidad de nuestro tercer ojo de ver lo invisible. Sacando el lenguaje seductor y en apariencia fantasioso de esta descripción, no se trata más que de estar al tanto de las causas y efectos de mi acción. Mientras más experimentamos con nuestro cuerpo, mayor conciencia e intuición. Mientras más despiertas estén mis “mentes”, mi cerebro, la mente de mis piernas, de mi abdomen, etc. más rápido y más fácilmente procesaré la información que recibo, pudiendo establecer enlaces y relaciones entre hechos que nada tienen que ver en apariencia. Así trabaja la intuición, ése es el enlace con lo invisible; lo que no se habla ni menos se ve por los ojos, se siente, con el cuerpo.

Citando a Elena Lazaro en El camino de la mujer: “Así surgían técnicas no comprendidas por la mente común, sino por la mente del cuerpo. Nuestro cuerpo es nuestra tierra. Nuestro espíritu es nuestro cielo. Nuestra energía es nuestra esencia humana, esencia femenina. Y trabajando con nuestro cuerpo, nos volvemos a dirigir a la Tierra. ¿Cómo no utilizar aquello que se nos ofrece de manera natural? (…) Cualquier conocimiento debe venir de adentro. Vuestras capacidades en este camino no están limitadas porque usted no posee información, sino porque no sabe cómo utilizar lo que tiene”.

Saber movernos en el espacio y dominar algún tipo de actividad física ayuda a sanar nuestro cuerpo en el caso de existir enfermedad, abre nuestro entendimiento a otras dimensiones, como también ayuda a mejorar nuestras relaciones con el otro, que al fin y al cabo es también parte de nosotros mismos; así como los ecosistemas, las personas convivimos en un flujo de interrelaciones y cooperativismo.

Sin tener la intención de ser doctrinaria, todo dominio de un arte o una acción implica disciplina, muchos de los procesos vividos en áreas como danza y yoga, por ejemplo, no llegan a planos profundos de desarrollo y autoconocimiento por la falta de continuidad. Entendámoslo de la siguiente forma: como se dijo antes “nuestro cuerpo es nuestra Tierra”. En la Tierra todo posee un ciclo y un ritmo, lo podemos ver en las plantas, en la luna, en el movimiento de las estrellas. Todo lo que ocurre en la naturaleza quebrando la continuidad implica una catástrofe, un aspecto de la misma acción creativa, pero que sin embargo implica un corte, algo que no puede clasificarse como bueno ni malo, pero si es preferible estar al tanto de qué viene tras cada acción, y que cada acción sea plena en voluntad, es decir, que sea una decisión libre, sin el condicionamiento de la ignorancia. A ello sumamos que un movimiento repetitivo, ejecutado con ritmo y constancia, aumenta las ondas alfa del cerebro. Éstas son oscilaciones electromagnéticas en el rango de frecuencias de 8-13 HZ que surgen de la actividad eléctrica sincrónica y coherente de las células cerebrales de la zona del tálamo, el que se encuentra conectado por vasos sanguíneos con el hipotálamo y la glándula pituitaria, la glándula endocrina más importante de nuestro cuerpo, ya que regula a todas las demás glándulas. En las prácticas de yoga se sugieren los ciclos de cuarenta días de disciplina, ya que es el período de tiempo en el que se renuevan las células de nuestro cuerpo. Si queremos romper con algún patrón, incorporar un nuevo conocimiento o explorar en algún aspecto puntual de nosotros mismos, es recomendable que la práctica sea sostenida por esa cantidad de tiempo.

Todo lo planteado aquí ha sido expuesto con la intención de sembrar una inquietud. Una invitación a observar nuestra relación con el cuerpo y sus vínculos, detectar patrones, bloqueos y aperturas, a comparar éstos con la relación que tenemos con la Tierra y nuestros pares, a buscar que tipo de actividad es la que potencia más nuestra liberación. Yo, personalmente, fui traumatizada en el colegio con las pelotas, y así es como llegué a la danza y el yoga, ejercicios que no implicaban una gran relación con objetos, pero si el cultivo de una relación conmigo misma. En Occidente existe mucha ansiedad, búsqueda de resultados rápidos, así es como trabajan los antibióticos y el eterno bombardeo del consumo, incitando a devorar. Claro reflejo de esto es la alta tasa de obesidad en el planeta, reflejo de estar cada vez más lejos del propio centro, de los órganos, distanciando a la vez cada vez más a los pares: individualismo y falta de comunidad.

Estamos enfermos, pero la virtud puede nacer del mismo huevo que nuestra perdición.

 

Texto:  Kali Madhavi

Edición: El (s)Editor Siniestro

Ilustración: XIII

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