Disparo leche materna al cielo

Hace tres años que doy mis tetas a razón del deseo de mi cachorrita. Siempre a demanda. No se las niego nunca. Sólo tiene que colgarse de mi jersey y ahí las tiene, sin sostenes que sostengan, siempre disponibles.

Una vez alguien me dijo:

– ¡Es que tú se la ofreces! ¡Es que no esperas que te la pida! ¡Se la das! ¡Y eso es un vicio!

Yo entonces le expliqué algo muy sencillo.

– Mis tetas son mi cuerpo. Si no puedo prestarle la atención, porque, por ejemplo, estoy teniendo una conversación contigo, entonces le doy la teta. Porque es mi manera de decirle “estoy aquí y te amo”. Y no es un vicio, ni siquiera es únicamente alimento, es abrazo, es calor, es el mayor acto de amor de mi vida.

Ya no tengo las tetas que tenía, de cómic, redondas y apretadas como manzanas crujientes. Ahora tengo dos pezones que se estiran como un chicle para que mi leche llegue al lugar que tiene que llegar en la boca de mi cachorrita. Tengo unas preciosas tetas mucho más blanditas y más pequeñas.

A veces me piden probarla los hombres que entran en mi cama y en mi vida.

Hace poco le ofrecí al mejor amigo de mi amigo, se la puse en un vasito. Se chupaba los dedos diciendo:

– ¡ Está buenísima!

Le tenía que haber dado directamente de la teta.

A veces, mientras doy de mamar, me preguntan:

–¿ Pero todavía tienes leche?

Entonces hago algo que me encanta. Saco la teta de la boca de la leoncita, ella se tapa los ojos, y yo disparo leche materna al cielo. Y llueven gotitas blancas sobre mí y sobre todos y todas alrededor. Así me aseguro que no olviden nunca que mientras la criatura mama hay leche.

Hace tres años que hice de mi cuerpo hábitat y alimento.

Es lo mejor que he hecho en mi vida.

Texto por Elena Alonso

Fotografía por Jairo Troppa

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