Genealogía de una voluptuosidad I

Aquí se exponen los pequeños eventos, casualidades, banalidades (o no) que han ido formando el aparecer de la voluptuosidad en una singularidad definida como mujer nacida en el seno de una familia de ideales burgueses y anorgásmicos.

 

Empecé a masturbarme a los ocho años. Era una niña muy aficionada a los juguetes, hablándoles por horas, durmiendo con ellos, construyéndoles hogares ficticios en los lugares más insólitos: el interior del horno, la cima del refrigerador, dentro del bidet. Un día mientras armaba un reino de fantasías para mi muñeca favorita en un closet muy angosto, tuve que cruzar de un lado a otro del castillo, pasando una pierna primero y la otra después. Al pasar la primera pierna por sobre el caserón plástico, quedé por un momento con la punta de éste haciendo justo contacto con mi entrepierna.  Como mis piernas no eran lo suficientemente largas, la zona que ahora sé es mi clítoris quedó presionada por el plástico. Era una presión agradable, que atravesaba mis pequeños músculos y me proporcionaba un placer que me llegaba hasta el estómago. Fue un momento maravilloso y que al instante sentí como una revelación que debía seguir explorando. Empecé a sentarme sobre distintos objetos: el borde de una silla rojiza que había en la sala, una pequeña bicicleta que me habían regalado al cumplir los siete, el control remoto con los consecuentes cambios de canal y volumen. Cada uno me daba sensaciones distintas, algunas más blandas que requerían mayor presión, otras más duras y sostenidas.

Pronto descubrí que los dedos eran mucho más precisos para provocar ese placer tenue que me atravesaba todo el cuerpo, y acariciaba con suavidad, aunque sin llegar a cimas de ningún tipo. Todo era una meseta larga y agradable por la que transitaba delicadamente.

Me masturbaba frente a la televisión, con las piernas abiertas de lado a lado, en la sala, mientras veía caricaturas y esperaba el momento de ir al colegio (que para mí era en la tarde). Hacía esto sin ninguna vergüenza, pasando a mi lado mis hermanas pequeñas, a las que tampoco les molestaba este acto, de hecho parecían no notarlo. Pero un día mi madre enfermó y no fue a trabajar, y me descubrió. Me prohibió volver a hacer algo así, tanto en la sala como en mi pieza. Recuerdo haber sentido confusión. Desde ese momento mi madre empezó a entrar a mi pieza sin tocar a la puerta y a no permitirme poner las manos bajo la mesa a la hora de comer.  Me decía que la gente creería que me estaba tocando si lo hacía y que pensarían mal de mí. Eso no se hace, las personas piensan mal de los niños que hacen esas cosas, me decía. La verdad yo no entendía mucho su recelo, no sabía que el erotismo era algo prohibido para los niños.

Mirando hacia atrás, este régimen de prohibición y negación de la sensualidad se me hace más patente cuando recuerdo las reacciones que mis padres tuvieron una vez que los encontré en su habitación tocándose  y gimiendo un poco (era una época en que aún follaban). Cuando me acerqué a ellos se separaron violentamente y procedieron a mandarme de vuelta a mi cuarto, escuetamente, sin los cariños que solían prodigarme cuando tenía miedo e iba a meterme a su cama. Tuve la sensación de haber hecho algo terrible. Al día siguiente mi padre puso una campana en la puerta que separaba el lado de la casa que ellos ocupaban del que compartíamos con mis hermanas. Desde ese momento, cada vez que abríamos la puerta para ir a su habitación o para volver a las nuestras esto era anunciado por el sonido de la campana. Un grito de aviso para mis padres que podían dejar de hacer cosas que no deberíamos ver. Muy contadas veces, desde esa noche, los he visto prodigarse cariño físico. Apenas apretones de manos y besos desprovistos de deseo.

Tras estos acontecimientos seguí andando en bicicleta de vez en cuando, aunque ya no con el goce de antes, si no con algo de miedo, y culpa. Pensaba que los transeúntes con los que me cruzaba en la calle podrían descubrirme, adivinar la unión prohibida que sucedía entre el asiento y mi entrepierna.  Empezaba un período largo en que traté de olvidar mi cuerpo, de alienarlo tras libros o juegos de vídeo.

 

Texto por Blanca Fátima

Ilustración por Nathaniel Izquierdo Leiva

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